15 oct. 2011

tomando agua fresca, leyendo a Zaiat


En la última semana, la soja recuperó parte del terreno perdido en el mercado de Chicago dejando nuevamente descolocados a especialistas en anunciar estallidos no verificados en los hechos. Lo mismo sucedió con la paridad del real con el dólar. Además de la evidente intencionalidad política, el montaje del show del miedo oculta que la crisis internacional se extiende desde hace tres años, que la dificultad de salir de ese atolladero es por la aplicación de recetas de ajuste neoliberal, que ha habido cambios estructurales en el mercado mundial de alimentos, que China y Asia continúan creciendo a ritmo sostenido, que la región está trabajando en mecanismos de cooperación financieros de autodefensa y que en ese período Argentina ha instrumentado medidas anticíclicas, de fortalecimiento del mercado interno, de diversificación de su canasta y destino exportador y de protección del empleo. Este combo de políticas no significa estar inmune a la crisis global pero se ha constituido en un indudable dique amortiguador. Esos profetas del saber económico convencional confunden los canales de transmisión de la crisis y, por lo tanto, desordenan el debate público sobre cuáles son los principales motores del crecimiento argentino.
La significativa base agroexportadora fue beneficiada por el fuerte aumento de los términos del intercambio. De todos modos, la suba de los precios internacionales de las materias primas que exporta la Argentina no fue tan elevada como la que experimentaron los precios de los metales, minerales y la energía, que favoreció a otros países de la región. Esto relativiza el grado de impacto en la economía local del denominado viento de cola. Lo que sucede es que el lugar destacado que ocupa el complejo exportador agropecuario, en especial el de oleaginosa, como proveedor de divisas provoca una distorsión en el análisis sobre el aporte de ese sector al crecimiento de la economía. El fuerte excedente de dólares que brindan esos despachos al exterior es una variable fundamental para alejar en el horizonte la restricción externa, motivo de gran parte de las crisis domésticas. Esas divisas son clave para generar condiciones de estabilidad en el sensible mercado cambiario, en la acumulación de reservas, en la capacidad para manejar con holgura los vencimientos de deuda y en el proceso de recuperación de la industria, sector deficitario en divisas. Esa importancia es la que históricamente les ha brindado a los dueños de esos dólares un poder de veto sustancial sobre las políticas públicas.
Por ese motivo resulta fundamental una esforzada administración y control de divisas por parte de los gobiernos, más aún en una economía que todavía mantiene un pronunciado rasgo bimonetario. Ese papel estelar del sector agropecuario en el funcionamiento de la economía en un área tan delicada como la disponibilidad de dólares no significa que sea el principal motor del crecimiento. El análisis superficial cae en la tentación de confundir esos dos procesos (generación de divisas y aporte al aumento del Producto), que obviamente tienen canales de vinculación y de influencia positiva. Pero es conveniente precisar su actuación porque así se puede entender mejor la dinámica de la economía doméstica y, en estos momentos de incertidumbre global, determinar la intensidad de los embates de la crisis internacional.
La economía argentina en el período 2003-2010 acumuló un avance del Producto Interno Bruto de 79,5 por ciento. ¿Cuál fue la contribución de los principales componentes de la oferta a ese crecimiento? En el último Informe de Inflación del Banco Central se publicaron cifras de la producción de bienes y servicios en puntos porcentuales del aporte de cada sector a ese aumento del Producto, ofreciendo detalles que relativizan esa idea predominante en corrientes conservadoras sobre la relevancia del campo como motor de la economía:
- Industria: 14,2 puntos porcentuales.
- Comercio: 13,1.
- Transporte y comunicaciones: 13,1.
- Activ. empresariales y de alquiler: 7,1.
- Construcción: 7,0.
- Intermediación financiera: 4,3.
- Enseñanza, Servicios sociales y Salud: 3,8.
- Sector agropecuario: 2,6.
- Administración pública y Defensa: 2,0.
- Hoteles y restaurantes: 1,8.
- Electricidad, gas y agua: 1,5.



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