4 ene. 2012

verano 2, novelas de infanteria y marcha sobre Nanking 1937


QUERIDOS PADRE Y MADRE:
Tengo instalada ya en mi tristeza las caras de ustedes cuando terminen de leer esta carta. La suya, mamá, inclinada sobre este papel, como cuando terminaba de tocar el piano y su mirada quedaba un rato extraviada sobre las teclas. Sus ojos tendrán lágrimas, su frente esa arruga vertical que yo de chica trataba de borrar con los dedos; y usted, papá, tal vez no diga nada por un rato o tal vez diga a mamá ¿qué fue lo que hicimos mal?, o algo por el estilo, Yo quisiera convencerlos de que no hicieron nada mal, de que las personas no somos tan importantes como para hacer tanto mal como pretendemos.
A Clorindo lo conocí durante la segunda invasión de los ingleses. Yo había terminado el turno de la tarde en el hospital de sangre y ya estaba por volverme a casa cuando lo trajeron en una camilla. Vi que era un Patricio por lo que quedaba de su uniforme y, por la trenza, vi que era un soldado raso, pero no le pude ver la cara porque estaba cubierta de sangre y barro. Lo primero que hacíamos, cuando llegaban los heridos, era llevarlos para localizar bien las heridas y ahorrarle tiempo a los médicos. Busqué una palangana con agua y empecé a enjuagarle la cara muy despacio con una esponja. Les cuento esto porque creo que fue importante. Era algo muy raro lo que yo sentía en ese momento; era ver el nacimiento de una cara, era descubrir una mirada que, a su vez, descubría mi mirada. Él estaba conscientey sufría. Lo desvestí con mucho cuidado y miré ese cuerpo tan joven y tan profanado por el metal caliente de la metralla. Fue como mirar una estatua embellecida por el desgaste o enriquecida por el destrozo de alguno de sus miembros, o como mirar su propia cara, padre, con la cicatriz que le dejó el duelo con Martín Argañaraz.
Como el médico se demoraba empecé a deshacerle la trenza y, como pude, le quité los enchastres de sangre y de barro del pelo. Recién con el pelo suelto y limpio sobre la almohada dejó de ser un soldado. era un muchacho, casi un ángel, desnudo como una talla. Tuve la sensación de estar escamoteándole a la ciudad uno de sus guerreros. me desconcertaron mis sentimientos. Tenía delante de mí el cuerpo de un hombre liberado de ese aspecto que las circunstancias le había adjudicado; era casi un secreto lo que yo poseía, tal vez ni él mismo se hubiera reconocido en la suavidad de su letargo, en las manos empuñando el vacío de las armas, en la boca un poco abierta de su infancia.
No creo que allí me enamorara de él, más bien me enamoré de mis propios sentimientos. En el hervidero de ideas de nuestra casa, en esa sala tres veces más grande que el ranchito en donde ahora vivo, ustedes me hicieron comprender la revolución del ser humano. Una vez cuando usted, padre, me leía a Rousseau, tuve la sensación de que Rousseau no era más que un lenguaraz, un traductor de un idioma que yo poseía desde hacía rato, pero que recién él me lo permitía descifrar. Algo así pasó con Clorindo. Yo le había robado a Saavedra uno de sus soldados, o mejor dicho, lo había despojado de su uniforme, de las huellas del combate, de la sangre y el barro y hasta su trenza de Patricio, y había dejado al descubierto lo que quedaba de él.
( fragmento de La patria equivocada 1991 Dalmiro Saenz )



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